
El otro día me desperté, y estaba muerto.
Fue frustrante no poder levantarme de mi cama, podia mirar el techo, donde tengo un palelógrafo que me da la fuerza necesaria para afrontar mi día, para saber que alguien quiere que cambie, que sea una mejor persona. Pero no pude moverme. Mi anfibio amigo se encontraba a mi costado derecho, pero solo podía ver un pedazo de su oreja; mi mirada fijamente en el techo, sin poder articular palabra, ni realizar una acción.
De pronto me di cuenta de algo fascinante, no estaba respirando, no sentia el sístole ni el diastole de mi corazón: estaba totalmente detenido, paralizado por una causa que desconocia.
En ese momento te pones a pensar, a reflexionar: ¿Qué demonios hizo que este así?. No tenía miedo de haber muerto, no tenía miedo de estar echado en una cama sin poder moverme. Lo que en realidad me aterraba era la reacción de las personas que vivian conmigo...Justo eso.
- Juan Diego, levántate que vas a llegar tarde a la universidad - Sentenció mi madre luego de mirarme. Pero se dió cuenta que algo pasaba, estaba echado en mi cama boca arriba, con los ojos abiertos y no tuve reacción alguna ante la llamada a levantarme de parte suya. Sí, me cagaba de miedo.
Mi madre no es tonta, ni bien se dio cuenta que algo andaba mal, llamó a mi papá.
- Está muerto Cecilia, nuestro hijo está muerto. - Destrozados por la noticia, empezaron a llorar a mares. Nunca antes en mi vida los había visto tan desconsolados por algo. Con mucha razón, un hijo no se pierde todos los días.
No tardó en despertarse mi hermano, que al notar la presencia y situación de mis padres, los cuestionó.
- ¿Qué pasa? -
- Rodrigo, tu hermano está muerto -
Mi hermano me miró a los ojos, se acerco a mi, y me miró fijamente. Se acercó a mi oido y susurró.
- Juan Diego, no te vayas, levántate, no me quiero quedar solito, te necesito hermanito.
Me dolió tanto que quise estallar en lágrimas, pero no pude, no podía llorar: estaba muerto.
Era raro que mis padres se hicieran a la idea de que habia fallecido, y no se preguntaran como pasó, pero bueno la vida es así, unos van y otros vienen, y al parecer ese día me toco irme... ¿A dónde?.
Intente cerrar los ojos, pese a que estaba muerto, tenía un sueño increíble, mis ojos querían cerrarse para poder dejar de lado las horrendas cosas que había visto hoy. Pero no había terminado. Mi madre empezó a descolgar el telefono, y llamar a cuantos estuvieran preocupados por mí: Mi abuelita, mis abuelos de parte de mi papá, mis tíos, mis tías, mis amigos y amigas, y a ella, sí estoy seguro que ella fue la más afectada en todo esto, en todo este embrollo.
Mientras pensaba en esas personas, empecé a verlas desfilar a mi costado. Todos vestian de negro, tenían gafas oscuras, y lloraban, lloraban por distintas razones: Porque perdieron al sobrino preferido, porque perdieron al nieto engreído, porque perdieron al primo alegre, porque perdieron al primo que vivió toda su vida con ella, porque perdieron al amigo fiel y confidente, porque perdieron al amigo que chongueaba con ellos, porque perdieron al alumno que siempre se comprometió con su colegio, porque perdieron al muchacho con el que se iban todas las mañanas, porque perdieron al que ponía su casa para las fiestas, y muchas cosas más. Pero solo una persona lloró porque perdió al amor de su vida, porque perdió al padre de sus hijos, porque perdió a lo más cercano a su príncipe azul.
Todos pasaban y me comentaban cosas increíbles:
- Puta Juandi, eras mi patasa, te voy a extrañar como mierda huebon, ojalá puedas contar tus historias al lugar donde estás llendo, sería de la putamadre.
- Oye cholo, no te voy a mentir, me cagaste toda la vida cuando estuviste con la chica que me traía loco; y sí, te desee la muerte muchas veces, pero no pensé que se me haría el milagrito, por fin bajo tierra conchatumadre.
- Primo, cómo pudiste morir antes de que me casara, eras mi primo de toda la vida, de todas las cosas y ahora no estás.
- Hijo, eras el mejor alumno de mi clase, nadie entendía todo como tú. Hoy el colegio se ha vestido de negro solo por tu fallecimiento.
- Cuánto te odie maldito desgraciado, me hiciste unas cosas que nunca olvidare, pero a pesar de todo, sigo amándote y no lo pienso dejar de hacer.
- Hola. La verdad no tengo nada que decirte, pero estoy aquí, porque en algún momento fuiste parte de mi vida, y lo tengo muy presente, gracias por enseñarme todo amigo, te quiero demasiado.
Ella no pasó a decirme nada, en realidad estaba sentada atrás con uno de mis amigos, que la consolaba, o al menos lo intentaba, porque calmarla, era simplemente imposible.
Un rayo de luz cegó mis ojos, y aparecí mirando el cielo.
Al cielo no iba ni jugando, así que noté claramente que me estaban llevando a quemar en el infierno, o alguien me estaba jugando una mala pasada desde el más allá, y me tarde demasiado en fijarme donde estábamos, era un lugar con varios jardines, y muchas rocas salidas del piso, con nombres y cosas así. El cielo era azul, y el sol estaba ocultándose, me meneaban de un lado hacia el otro: me estaban llevando a enterrar.
Escuché el llanto de mi madre y de mi mamita pero lo demás se percibía a lo lejos. No repare en pensar, porque de la nada se detuvieron y me bajaron al nivel de una mesa. Empezaron a rezar, a levantar oraciones al Dios de todos nosotros, imploraban que por favor regresara.
Luego me hicieron bajar lentamente por el agujero en el piso. Cuando me di cuenta de que no había intentado moverme ahí. De pronto mis brazos recuperaron la vida que se les había arrebatado, mis piernas tuvieron frío, y mi corazón tomó el ritmo normal: Estaba vivo.
Intente hacer sonar el ataúd, pero era tarde. Los varios kilogramos de tierra estaban sobre mí, y el sonido de mi voz no se escucharía tan lejos. No tenía elección. Creo que era mejor morirme de una vez por todas, antes de seguir luchando por un sueño que no lograré, un sueño que no podía hacer realidad: No volver a dañar a las personas que más amo en el mundo, en especial a ella.
La adrenalina recorrió mis venas, y golpeé tan fuerte como pude, de pronto sentí un tirón en mi pierna, y jalón fuerte y conciso: Calambre.
Me levanté de la cama, solo para ver a mi hermano dormido sobre un libro de cocina, y verme al espejo, únicamente para notar que estaba vivo, que mi lucha seguía y que nada ni nadie podría evitar que siga luchando.
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